la crisis institucional de EE UU que pone al mundo en riesgo
Resumen
Hasta ayer podía decirse, y quedarse corto, que Estados Unidos estaba gobernado por el peor de los psicópatas que había parido su historia de 250 años. Desde la madrugada quedó confirmado, además, que está en manos de un asesino que […]
Hasta ayer podía decirse, y quedarse corto, que Estados Unidos estaba gobernado por el peor de los psicópatas que había parido su historia de 250 años. Desde la madrugada quedó confirmado, además, que está en manos de un asesino que con su corte arrodillada de alcahuetes y bufones, internos y externos festeja la invasión a Venezuela como si se tratara del último gol del autoproclamado faro que ilumina las libertades planetarias. Y que mata, sobre todo. Hoy, un mundo pasivo, que avergüenza, se sentó a esperar cómo serán las próximas escalas, las de México, Colombia, Groenlandia y el sueño de la Saint Tropez oriental, construida sobre las tierras de Gaza regadas con sangre de niños, mujeres, ancianos y mártires palestinos matados con armas made in USA.
Los norteamericanos también lo viven y lo sufren. Con sus impuestos, como les gusta decir, se financian todos los crímenes, y también los de los pobres de adentro. Para ellos no han sido fáciles los tiempos recientes, todos los tiempos. Fueron difíciles los últimos dos años de gobierno del demócrata Joe Biden, el predecesor de Donald Trump, un pobre viejo que hasta se equivocaba al dar la fecha y las causales de muerte de su hijo dilecto. Los que además de norteamericanos eran demócratas lo sufrían por partida doble. Porque sabían que perderían la elección de 2019 y porque Trump gozaba tirando sal en las heridas abiertas de Biden. Aunque falta probar cómo la historia volverá a repetirse, lo cierto es que a finales del primer cuarto del tercer milenio, muchos ya ven que están repitiendo la experiencia.
Salieron de aquello. Ahora tienen a un fabulador y a un mentiroso –ambos conjugados en un solo sujeto– que también les hace difíciles las cosas. Fabula a cara descubierta, miente y se enorgullece de adornar y adorar el ego, haciendo de sus delitos una cuestión de Estado. Y lo peor, sin herederos a la vista tiene todavía tres años por delante. Herederos hay, en realidad, pero la sucesión no se dirimirá por carismas o presencia política sino por quién es peor o mejor exponente del odio nacional. Y hay otras señales que deberían preocupar a los republicanos y que los demócratas ni entienden ni capitalizan, como ese runrún suave que empieza a manifestarse en la sociedad profunda. Y que ya parió un alcalde en Nueva York (Zohran Mamdani) y decenas de autoridades locales en otras ciudades.
Hay grandes diferencias entre uno y otro tiempo. Lo de Biden era triste, un señor haciendo papelones que los suyos no quisieron ver hasta que su crisis mental se hizo inocultable. Sus detractores, en cambio, se frotaban las manos a la espera de un último grotesco. Su salud, sus seguidores ciegos y sus oponentes cargados de odio terminaron con sus ambiciones. Renunció a la reelección. Con el republicano hay tela de sobra para cortar, pero los odios aún no están activados. Con la complicidad externa, incapaz hasta de cuestionar sus arrebatos, los que imaginariamente son sus detractores de entre casa no cuestionan, siquiera, una política externa que embreta al imperio y que tras la invasión a Venezuela puede arruinarle la fiesta.
Sin embargo, pese a la benevolencia con la que se lo deja seguir empiezan a aparecen unos primeros síntomas que pueden ser destructivos. Si fue deprimente el final de Biden, el de Trump podría ser no precisamente político, sino una mezcla de asuntos morales, de vicios, de psicopatías. El presidente es un mentiroso que trata de ocultar sus carencias apelando a un repertorio infantil: que la persistente hinchazón de los tobillos que lo lleva a caminar como un pato se debe a que está mucho tiempo sentado; que los enormes moretones de su mano derecha se los produce el consumo abusivo de aspirinetas.
Faltan tres años para que finalice éste, su segundo período presidencial, y ya se habla en condicional sobre la conclusión ordenada del mandato en curso. Esta última semana medios de amplia credibilidad y presencia global, como la AFP (“el término del primer año de su segundo mandato genera muchas interrogantes”) y The Wall Street Journal (“en sus últimas apariciones se ha visto que le cuesta mantener los ojos abiertos”) dijeron que Trump “podría” superar la edad de Biden en el cargo. Lo cierto es que, de no mediar una tragedia, es seguro que superará la edad de su predecesor. Se irá de la Casa Blanca con 82 años, igual que Biden en números redondos, pero con cinco meses más.
De Biden se burlaban por sus graves problemas de salud mental. A Trump ya se lo está apostrofando con lo peor: que miente y fabula; que “está desquiciado”; que presenta los peores síntomas de un alcohólico. Y no lo dice cualquiera. “Ha perdido la cabeza, es una persona que odia. Sólo se puede decir que esta desquiciado”, escribió el senador Chris Murphy. “¿Esperaría oír las cosas que dice él de boca de un borracho en un bar, no del presidente”, complementó el diputado Don Bacon, y repitió el juicio de Murphy: “Es alguien desquiciado”. Susan Willes, su jefa de gabinete, dijo que “el presi tiene el mismo comportamiento de un borracho, lo digo yo que conviví con un padre alcohólico, golpeador y abusador”. Pero Trump no bebe, sólo se comporta como un borracho belicoso.
Todas las observaciones que se hacen sobre Trump podrían reducirse en lo que ha sido su relación de un año con Europa y su dirigencia: humillante y cargada con los más hirientes juicios de valor. Llegó a decir que son pedigüeños, mediocres e ignorantes, “son todos unos burros”. Ahora, cuando George Clooney, uno de los últimos célebres de Hollywood, reveló que se radicará en Francia para criar a sus hijos “lejos de las políticas del presidente”, Trump dio otro salto y dijo lo que nunca había dicho. Que los países de la Unión Europea “son realmente geniales y sus líderes son todas personas estupendas”. ¿Cuándo mintió?
Ni a Bernie Sanders, el mentor de Mamdani, se le ocurriría pensar que la revolución está a la vuelta de la esquina. Pero, y los republicanos deberían ser los primeros en verlo, Trump fue el revulsivo que mientras odiaba a los migrantes y las minorías, tuvo un papel decisivo en la victoria del alcalde, inmigrante, musulmán y “socialista democrático”, que llegó impulsado por el judío Sanders, hijo de inmigrantes y defensor del derecho palestino. Hay otros que no sueñan pero gritan desde abajo siguiendo la brecha abierta por los trabajadores de las automotrices, de Amazon, de Walmart. En estos días renació un diálogo surgido de una idea originaria de la célebre tira infantil Charly and Snoopy, donde Charly desea “Un buen año nuevo” y su amiga responde: “gracias, pero prefiero uno usado”.
