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“Diego se jugaba por sus ideales, algo inimaginable en la selección actual”

Resumen

La casaca de Dios, la nueva película dirigida por Fernán Mirás, que se estrenó este jueves, viene a fundar y a saldar una cuenta pendiente en el cine local. Al contrario de la ficción literaria, la filmografía argentina fue poco […]

“Diego se jugaba por sus ideales, algo inimaginable en la selección actual”


La casaca de Dios, la nueva película dirigida por Fernán Mirás, que se estrenó este jueves, viene a fundar y a saldar una cuenta pendiente en el cine local. Al contrario de la ficción literaria, la filmografía argentina fue poco proclive a narrar una poética sobre Malvinas e incluso sobre Diego Maradona. Existen varias películas de ficción o documentales basados en entrevistas, biografías o autobiografías como Los chicos de la guerra (Kamin, 1984), Iluminados por el fuego (Bauer, 2005), Malvinas: legado de sangre o, en el caso de Diego, Maradona: la mano de Dios o la biopic Maradona: sueño bendito (2021), entre otras. Pero son pocos los relatos construidos en torno a Malvinas y a Diego, y ninguno que combine aquello que tan bien reza el hit del Mundial de Qatar 2022, que señala que Argentina es “tierra de Diego y Lionel” y “de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”.

En ese y en muchos sentidos, los actores Jorge y Federico Marrale, que interpretan a Tití Malvestiti —el utilero del equipo argentino del Mundial ’86 venido a menos en 2022—, hacen justicia poética. La tensión gira en torno a la odisea de Tití en busca de la remera argentina que usó Maradona y que intercambió con el mediocampista inglés Steve Hodge en los pasillos del Estadio Azteca, en la célebre jornada del gol de la Mano de Dios. Pero es, también, la excusa para hacer una profunda reflexión sobre la identidad, la memoria argentina y aquello que no es pasible de ser mercantilizado.

-¿Cómo fue el desafío de construir padre e hijo un mismo personaje en dos tiempos, es decir, un Tití joven y uno octogenario?

Federico Marrale: —Para darle emocionalidad y carnadura al personaje, me dejé atravesar por ese momento del ’86 en que yo lo sentí muy cercano a Diego. Y por esa escena en que le da la casaca gloriosa a un jugador inglés. Para mí fue muy sencillo, emocionalmente, estar habilitado a eso, y cruzarlo también con Malvinas al pensar que el hijo de mi personaje murió en las islas. A partir de ahí, el proceso se dio de forma muy natural. Yo casi no hablo, es pura cámara lo que me toca a mí. Mi desafío fue transmitir con la gestualidad, así que me aboqué a eso y a que surja la emoción, y creo que eso lo captó muy bien Fernán. Y eso encajó muy bien con el Tití presente, que busca la casaca para cerrar una herida.

Jorge Marrale: —Hay algo que sostiene a Tití en los dos tiempos, de una manera muy cercana en el ’86 y ya con cierto deterioro en el caso de 2022, que es cuando transcurre el presente de la película. Más allá de que tuve que construirlo como personaje, Tití es una metáfora para mí. Hay algo de la desmemoria del Tití anciano que me remite mucho a cierta desmemoria argentina, sobre todo frente a un hecho trágico como el de Malvinas. Probablemente Maradona no esté tan olvidado como Malvinas, porque fue un ser angelado, distinto, complejo: pero Malvinas es otra historia. Para mí, la construcción de Tití tenía que ver con eso, y no desde un punto de vista político ni mucho menos, porque Tití no hace ninguna alocución a nada, salvo vivir el presente doloroso y un objetivo de vida: recuperar esa casaca. Para conseguir ese fin tiene que atravesar una especie de calvario. El calvario por la casaca es la metáfora de un calvario nacional que vivimos y que nunca se puede terminar. Por eso me resuena mucho que la película se estrene en abril, a cuarenta y cuatro años del conflicto.

-¿Qué significa para ustedes, en términos personales, Malvinas?

FM: —Yo tenía seis años cuando lo de Malvinas. Mis recuerdos son los comunicados de la televisión, la militarización de la sociedad. Con el tiempo fui entendiendo por qué Malvinas, qué pasaba allí, qué era ese territorio, por qué la Argentina tenía que reclamar. Entonces, es una construcción de muchos años. Con el tiempo se conoció el calvario que pasaban los chicos en las islas. Al comienzo se quiso tapar. Seguramente Diego tuvo mucho que ver con el proceso del recuerdo de Malvinas, porque él siempre lo tuvo presente. Con el tiempo se conocieron todas las atrocidades que pasaron los chicos en el continente. Luego vino la tragedia de los excombatientes que se suicidan en una cantidad igual o mayor que los muertos en la guerra. Para mí es una construcción que fui aprendiendo y leyendo. Me parece muy necesaria, porque es la idiosincrasia argentina: es nuestro territorio, una colonia enclavada en el Atlántico Sur. Diego fue mi ídolo desde que nací. Diego estaba siempre. Fue muy loco cuando él muere darse cuenta de esa situación. Porque Diego siempre estaba, bien, mal, regular: después de dejar de ser futbolista, él aparecía. Y cuando muere me doy cuenta de lo importante que era en mi vida sin tenerlo tan presente. Yo nací en el ’76, él en el ’60, entonces toda mi infancia y adolescencia eran Diego. Más allá de lo futbolístico, su manera de expresarse sin tapujos, le conviniera o no. Diego era una persona que se jugaba por sus ideales, algo inimaginable en la selección argentina actual. Seguramente cambiaron los tiempos, pero Diego un poco gambetea todo eso.

JM: —Yo viví Malvinas y recordarlo no me hace nada bien. Porque era la crónica de una derrota anunciada disfrazada de triunfalismo, con una comunicación abyecta manejada por los militares a través de noticieros como 60 minutos. Lo único que queda después es el testimonio de los que quedaron vivos y pueden contar. Ahí sí, en ese relato, se ve Malvinas: recién ahí se ve. Antes eran fotografías, filmaciones. Pero a mí de Malvinas me queda la muerte de los jóvenes. La película es un símbolo por la combinación entre Diego y Malvinas. Porque Diego, en esos dos goles que son dos bombazos, también representa una réplica lúdica, de juego, no de armas. Tiene algo de reivindicación más que de venganza. Y no puedo estar dentro de Diego, porque debe haber sido explosivo en la creación, en la mano y en todo. Debe haber sido un mundo soñado, que nos hizo soñar a todos. De alguna manera, ese partido de Diego contra Inglaterra  alivió algo de lo que padecíamos. Aunque sea por un instante. Cuando aparece un líder como Maradona en ese partido tan particular,  algo se acomoda, Cada vez que uno ve ese gol —y lo ve miles de veces— hay algo que se apacigua: late más rápido el corazón, pero también hay algo del alma que dice “algo se hizo por los chicos”.

-Más allá de que por razones obvias comparten pocas escenas, ¿cómo fue la experiencia de trabajar juntos o de estar juntos en este proyecto?

FM: —Hay un momento donde nos cruzamos. Se cruzan el Tití presente y el del pasado. En la filmación fue más extenso. Hay un cruce de miradas muy hermoso que imaginó Fernán, donde nos decimos: ¿cómo es esto?, ¿quién sos vos?, ¿quién soy yo?, ¿dónde estamos? Y son dos Tití, pero es uno. Es una especie de Volver al futuro argentino, pero más trágico. Emocionalmente es muy fuerte que esa escena la hagamos padre e hijo, trabajando juntos el mismo personaje y contando la historia que se cuenta. Es un regalo muy lindo, también teniendo en cuenta la escasez de trabajo que hay en este momento, donde prácticamente no se filma.

JM: —Esa escena que inventó Fernando, de que nos pudiéramos ver en el tiempo, visualizarse a uno mirándose a sí mismo en un acontecimiento donde también está nuestro hijo muerto, es muy fuerte. Porque ahí está Malvinas también y están los soldados al costado. Hay que estar muy sellado emocionalmente para no vibrar con eso que sucede, porque trasciende a la película. Nos toca por lo que nos pasó. Y la imagen de Marrale padre e hijo es ver a las generaciones que pasan a través de la historia de este país y cómo hacemos para rescatar la memoria. Es muy importante esa vejez de Tití con problemas cognitivos, porque también habla de la desmemoria argentina. Sin embargo, más allá de eso, Tití intuye algo importante. Me gusta jugar con los símbolos: en el corazón de un escudo hay algo. Descosiendo un escudo aparece algo que está muerto. Entonces me parece que está cargada de mucha emocionalidad, no prefabricada sino auténtica. Me felicito de haber estado ahí con mi hijo, de haber pasado por esa experiencia, de haber podido filmar una película en la Argentina en este momento y hablar de estas cosas. Es inusual. Parecería que está cerca de la zona de la censura. Hay parte de la emocionalidad vinculada a la Argentina que empieza a ser censurada.

-¿Cuál les parece la importancia del estreno de la película en este momento?

FM: —Es un tiempo político extraño. Y es extraordinario que, en este contexto, la película funcione como una refundación de la industria audiovisual en Argentina, en función de contar nuestras historias singulares y nuestras tragedias en torno a Malvinas y Maradona.

JM: —Es también una película que habla sobre la expropiación y lo expropiado. Ahora está en cuestión la propiedad nacional sobre los glaciares. Malvinas fue expropiada por los ingleses; esperemos que los glaciares no lo sean también.

Jorge y Federico Marrale: “Diego se jugaba por sus ideales, algo inimaginable en la selección actual”

La casaca de Dios

Dirección: Fernán Mirás. Guion: Marco Carnevale, Javier De Nevares, Fernando Vázquez Mazzini y Fernán Mirás (adaptación). Con Jorge Marrale, Natalia Oreiro, Zoe Peralta, Federico Marrale, Facundo Antman, Damián Dreizik, Lautaro Delgado, Rafael Ferro y Damián Canduci. En cines.

Memoria, política, fútbol y transformación

Por su vibración y su carga emocional, por la incitación a la memoria y a la identidad argentina, y porque, como decía Milan Kundera, la lucha contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido, más allá de sus intenciones, La casaca de Dios deviene un film político.
“Pero -se pregunta Jorge Marrale-, ¿qué cine no es político? Es absurdo negar lo político en términos de pensamiento, acción crítica y visualización —emocional y racional— de los fenómenos argentinos. Los dos personajes están atravesados por la vitalidad y por la muerte. “Bueno, muchachos, dejémonos de jorobar: de eso se trata la vida también. En el medio podemos jugar y hacer lo que queramos. Pero hay algo de la esencia política de la existencia, de cómo la queremos transformar. ¿En qué la queremos transformar? ¿En inteligencia artificial? No jodamos.”
En ese sentido, la película utiliza fútbol y memoria como articuladores de una reflexión más amplia sobre el pasado argentino, la mercantilización de los símbolos y las heridas que persisten en la cultura contemporánea.

Jorge y Federico Marrale: “Diego se jugaba por sus ideales, algo inimaginable en la selección actual”



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