Tres reflexiones a 50 años de la última dictadura
Resumen
A 50 años del golpe de 1976, la memoria no es sólo un ejercicio del pasado sino una herramienta para leer el presente. Tres reflexiones sobre el papel del empresariado en el terrorismo de Estado, la urgencia del trasvasamiento generacional […]
A 50 años del golpe de 1976, la memoria no es sólo un ejercicio del pasado sino una herramienta para leer el presente. Tres reflexiones sobre el papel del empresariado en el terrorismo de Estado, la urgencia del trasvasamiento generacional de la memoria y las pequeñas resistencias cotidianas que hoy sostienen la democracia frente a nuevas formas de violencia, desigualdad y disciplinamiento social.
Fue el empresariado y lo sigue siendo
“En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes, sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”, escribía con profunda claridad Rodolfo Walsh en su Carta a la Junta Militar. El huevo de la serpiente de esa miseria fue el plan de ajuste iniciado por Celestino Rodrigo y el banquero Ricardo Zinn el 4 de junio de 1975, erróneamente nombrado como el “Rodrigazo”, que fue en realidad la respuesta popular ante las recetas de devaluación, liberación de tarifas y congelamiento del salario, nuevos mantras rezados por el credo neoliberal escrito por Milton Friedman y la Escuela de Chicago.
Las medidas fueron aplaudidas por el Consejo Empresario Argentino (CEA), las cámaras agroexportadoras y la Asociación de Bancos Argentinos (ADEBA). El verdadero Rodrigazo fue la férrea oposición del movimiento obrero argentino encabezado por la Confederación General del Trabajo (CGT), que se concretó en una huelga general (la primera contra un gobierno peronista) de 48 horas y masivas movilizaciones populares que causaron la renuncia del ministro Rodrigo y, ni más ni menos, de José López Rega.
Como bien decía Bertolt Brecht, “no hay nada más parecido a un fascista que un burgués asustado”. Fue el empresariado el que entendió que la clase trabajadora argentina ya era incorregible y fue, desesperado, a golpear la puerta de los cuarteles. “Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o a Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S. Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete”.
El grupo SOCMA (Macri), el Grupo Clarín, los Blaquier, los Pérez Companc, los Rocca, Fortabat, Born, Castellone, los gerentes de Ford, no fueron cómplices ni partícipes necesarios: fueron los autores intelectuales y mayores beneficiarios de la dictadura. Y aun así, siendo los mayores responsables del hostigamiento al cometimiento de un genocidio mediante el uso de la espada sin cabeza, han esquivado sistemáticamente el filo de la espada justiciera.
Estos mismos apellidos son los que hoy le han dado la suma del poder público a la burguesía tecnológica, energética y financiera con el único objetivo de destruir toda capacidad de resistencia de la organización popular, sin importar que ello implique destruir el entramado industrial y transformar de un plumazo a la Argentina en un país de economía altamente precaria y desigual como Perú o Paraguay. Las fábricas, transformadas ahora en meros galpones de productos importados comprados con los dólares del saqueo y la extracción deshumanizante, dejan en la vereda a centenares de trabajadores que ya no sirven para el nuevo modelo, que poco emplea y fácil despide, y van en masa a la changa de aplicaciones o a morirse de hambre endeudados, con suerte con una tarjeta, si es que no es el prestamista del barrio que, después de algunos meses lejos de un resumen de deuda, te pega un tiro en la mano.
No hay que olvidar nunca que detrás de la bota había un escritorio y un lujoso traje de hilo. Los verdaderos titiriteros de la miseria planificada. Y hoy, detrás de la secta de la mano en la (cripto)lata, siguen los mismos apellidos, los mismos hilos.
Nuevas subjetividades y el trasvasamiento de la memoria
Es una triste realidad. Todos sabemos que el reloj de arena ya se achica para las Madres y Abuelas que nos han enseñado a resistir hasta en centímetros de zócalos de la Plaza de Mayo. Y quizá en pocos años también los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención ya no estén para dar testimonio vivo del horror. El trasvasamiento de la memoria se torna urgente. En algunos años nomás, la mayoría de la población argentina habrá conocido la dictadura sólo por manuales de estudio.
Organizaciones como Abuelas han renovado generacionalmente sus autoridades, un paso más que necesario. Hablamos de renovación para la discusión con nuevas generaciones y nuevas subjetividades. Este es el mundo del genocidio en Gaza, donde una nueva ultraderecha internacional ha cometido las peores atrocidades frente a los ojos incrédulos de la humanidad. Una ultraderecha que no tiene más argumento que la “autodefensa” ni otra razón que la de las bestias. Y Gaza pasa así, como pasan las persecuciones masivas a los inmigrantes, los muros fronterizos, los bombardeos, los discursos de odio, las noticias falsas, las guerras cognitivas.
Gaza pasó y pasa, así como se le pega a un jubilado o a una persona con discapacidad cada semana; pasa como cada insulto del presidente; pasa como pasan los discursos de odio, los sabotajes institucionales, la total inacción de la Corte Suprema; como pasa la prisión de Cristina, la persecución a dirigentes políticos, los stickers de un Falcon verde en los grupos de WhatsApp. “De leer Antena en la peluquería, a jamás volver a sentir alegría”, cantaba Fito Páez en “La casa desaparecida”. Una sociedad estresada, violenta, endeudada, cansada, dispuesta a actuar bajo el efecto de la desesperación en pos de encontrar un ápice de esperanza ante tanta angustia y orfandad.

No es menos, para nada es menor, el trasvasamiento de la memoria. Porque el horror está ahí, toca a la puerta de tu casa: el horror que ya existe en las barriadas, en las masacres y torturas diarias de los pibes soldados del narco. Horrores en la esquina de tu casa, cuando el policía de la Ciudad le mete una patada al tipo en situación de calle o le rompe el puesto al ambulante. Horrores que hace diez años eran escándalo y ahora son normalidad. Horrores en escalada, paso a paso, como la rana que se cocina a fuego lento, que se acostumbra al infierno hasta estar cocinada. Se necesita, urge, se ruega, el trasvasamiento de la memoria. No para recordar el horror quizá, sino para señalarlo ahora.
Las pequeñas resistencias contagian la esperanza
Varios manuales de historia aseguran que en 1983 la Junta Militar entregó el poder. Pero miles de relatos e historias demuestran que, lejos de ser entregado mansamente, la sociedad argentina resistió al terrorismo de Estado desde donde pudo. En fábricas, escuelas, barrios, plazas, canchas e iglesias, cualquier espacio valía para gestar pequeños núcleos de resistencia de los trabajadores contra la dictadura, que luego se transformaron en grandes trincheras.
Sabotajes productivos, paros rotativos de 15 minutos, rondas, cánticos en la cancha, manifestaciones religiosas y solidaridad internacional. Los métodos de la resistencia plebeya fueron tan trascendentales como invisibilizados. A 50 años de la última dictadura cívico-militar, el camino por memoria, verdad y justicia ha sido de avances y retrocesos: del Juicio a las Juntas al Punto Final y los indultos; de la bajada del cuadro de Videla al intento de un 2 × 1 para los genocidas; del juicio por las desapariciones en Ford (donde se juzgaron civiles empresarios) a los discursos negacionistas del gobierno nacional.
¿Por dónde pasan las pequeñas resistencias hoy en día? En la dictadura del “sálvese quien pueda”, las pequeñas resistencias pasan por la generación de redes de solidaridad. El mero acto de tenderle una mano a quien está tirado es de por sí un acto revolucionario. Pero un acto revolucionario aislado no crea de por sí una célula revolucionaria. Será necesario contagiar la esperanza a otros y organizar para resistir. Pero no toda célula revolucionaria tiene de por sí una estrategia de poder. Eso es un proceso más complejo, ya que toda estrategia es un proceso, una película entera más que una foto.
Ahora bien, nada importante pasará en la política si no pasa por abajo. Sin el protagonismo de los humildes, no hay patria posible. Pero cada pequeña resistencia —la del plato de comida al tipo en situación de calle, la del apoyo escolar, la de la brigada sanitaria, la de la asamblea en la fábrica—, cada gestualidad transformadora es un paso más en pos de construir lazos y romper el entramado de silencio deshumanizante, caldo de cultivo necesario para el horror. Terror y silencio van de la mano.
Habrá que tomar apuntes de resistencia para defender la democracia. Una que no ha logrado educar del todo ni dar de comer a todos los argentinos, pero que es definitivamente nuestra: obrera, madre, hincha de fútbol, religiosa, nuestra. Vale la pena defenderla en cada acto, por más pequeño que sea, ahora y siempre. Restituir como una Abuela, luchar como una Madre, caminar como un peregrino, alentar como un hincha, abrazar al otro como un hermano.
