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un golpe contra la “guerrilla fabril”

Resumen

Casi exactamente tres meses antes del 24 de marzo, el 23 de diciembre de 1975, el ERP lanzó la que sería la más importante operación militar de la guerrilla argentina: el asalto al cuartel de Monte Chingolo. Luego de varios […]

un golpe contra la “guerrilla fabril”


Casi exactamente tres meses antes del 24 de marzo, el 23 de diciembre de 1975, el ERP lanzó la que sería la más importante operación militar de la guerrilla argentina: el asalto al cuartel de Monte Chingolo. Luego de varios asaltos previos a cuarteles militares, aquel ataque con el que el brazo armado del PRT buscaba hacerse de 12 toneladas de armamento destinadas a reequipar a la Compañía de Monte que operaba en Tucumán, terminó en una completa derrota.

Monte Chingolo implicó un durísimo golpe a la estrategia política y militar del PRT, porque cortó la posibilidad de reabastecer a la ya diezmada Compañía de Monte. A su vez, la última acción de importancia de Montoneros, el ataque al regimiento 29 de Formosa, se había producido a principios de octubre.

Esta distancia temporal entre las últimas operaciones guerrilleras de envergadura y el levantamiento militar de marzo del ‘76 es una prueba categórica de que la causa principal del golpe no fue, como invoca desde su negacionismo el gobierno ultraderechista de Javier Milei y de la defensora de genocidas Victoria Villarroel, el accionar de las organizaciones armadas, ni el objetivo principal la liquidación de la guerrilla. Ya desde fines del ‘75 la influencia de las organizaciones guerrilleras y su capacidad de pesar en la situación política nacional había mermado muy significativamente.

Antecedentes del golpe

Lo que, en cambio, no había mermado era el clima de efervescencia y agitación fabril característico de todo el ciclo abierto por el cordobazo de mayo del ‘69, y cuyo agente fundamental era el activismo obrero combativo del que eran parte fundamental los militantes de Montoneros y del PRT, pero también los del PST, Política Obrera, OCPO y los de otras corrientes más pequeñas.

Era un clima que no había podido ser quebrado ni siquiera con la salvaje represión paramilitar de las Tres A, y que limitaba el poder de mando de las patronales sobre los lugares de trabajo e impedía el éxito de los planes de ajuste salvaje que la reestructuración del capitalismo argentino promovida por las patronales exigían.

A 50 años: un golpe contra la “guerrilla fabril”
Isabel junto a López Rega, creador de la Triple A.

Efectivamente, esa fue la conclusión que extrajo el empresariado luego de la huelga general que derrotó el rodrigazo. No es casual que la cúpula militar que organizó el golpe, con Videla a la cabeza, accediera a la dirección de las FFAA en el contexto de los reacomodamientos que siguieron a la caída de Rodrigo y de López Rega.

Esa huelga fue impuesta a la burocracia cegestista por la acción de las Coordinadoras Interfabriles organizadas por esa vanguardia activista al calor de la lucha por negociaciones paritarias sin tope desde principios de 1975. Durante las jornadas de junio y julio, la influencia y prestigio del activismo combativo en las bases obreras no hizo más que multiplicarse: el 3 de julio las Coordinadoras movilizaron por fuera de la CGT, en el Gran Buenos Aires, La Plata y Rosario, casi 70 mil obreros [1][2].

Esa acción fue la que obligó a la burocracia cegetista, según la broma que circulaba en las fábricas en aquellos días, a “adherir a la huelga”: el 5 de julio, el Comité Central Confederal declaró la huelga general del 7 y 8 de julio, la primera contra un gobierno peronista. La huelga derrotó al rodrigazo, impuso la renuncia del ministro de Economía de Isabel, Celestino Rodrigo, y obligó al exilio del ministro de Bienestar Social y jefe de la banda terrorista paramilitar de ultraderecha Tres A, José López Rega.

El activismo combativo, protagonista y organizador de las Jornadas de Junio y Julio y verdadero promotor del paro cegetista, se convertía de este modo en un elemento de peso en la situación política nacional. Ricardo Balbín, por entonces líder de la UCR, pretendió estigmatizar a este activismo obrero con el rótulo de“la guerrilla fabril”[3].

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El fracaso de la “Argentina Potencia”

La crisis mundial, infalible pieza del mecanismo de funcionamiento del régimen capitalista a la que no puede sustraerse ningún “capitalismo nacional”, había sepultado ya a mediados del ‘74 las esperanzas y el plan para construir “la Argentina Potencia” de Perón, Gelbard, la burguesía “mercadointernista” y la burocracia sindical. El fracaso del Pacto Social y de la “inflación 0” no abría una crisis coyuntural, sino la crisis histórica de la estructura económica y social. Muerto Perón, Gelbard perdería todo respaldo político y renunciaría en octubre.

La bancarrota del programa “capitalista nacional” exigía una reestructuración social y económica que el nacionalismo burgués peronista, limitado por su contenido programático capitalista, no podía afrontar en beneficio de las masas trabajadoras. La gran burguesía industrial y financiera promovía la apertura de la economía al capital imperialista y la imposición de condiciones de superexplotación obrera como requisitos para atraer la inversión nacional y extranjera.

El activismo obrero combativo, cada vez más sólido representante de una importante franja de la clase trabajadora, promovía una solución opuesta: a pesar de su heterogénea composición política y partidaria, luchaba explícitamente por una salida política socialista.

Que “la guerrilla fabril” y su influencia en una franja de las masas obreras constituyera un obstáculo infranqueable a la hora de imponer “por las buenas” la reestructuración económica y social del país en beneficio del gran capital nacional, era el menos grave de los problemas que se le presentaban a la clase dominante. Lo más peligroso es que ese activismo se constituyera en el embrión de una salida obrera y popular revolucionaria.

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Una franja importante de la clase obrera ya estaba en proceso de abandonar el conciliacionismo por lo menos desde que se puso en vigencia el Pacto Social del que la burocracia sindical debía fungir como garante, pero al que el activismo combativo en cambio denunciaba y llamaba a enfrentar.

Una crisis ideológica de tales características podía abrir el cauce a la transformación de ese activismo, al frente de una franja importante de la clase obrera, en un actor de la encrucijada histórica que afrontaba el país. Para la clase dominante, tal hipótesis se volvió tan preocupante como factible.

Cortar el proceso que conducía a la maduración de esa potencialidad, proceso por supuesto muy complejo y cuyo resultado revolucionario, de no haber sido interrumpido por el golpe, tampoco estaba asegurado de antemano. Es lo que explica el salvajismo, el terror y el plan de exterminio sistemático. No sólo había que liquidar al activismo obrero, sino también disolver mediante el terrorismo de estado los lazos que vinculaban a “la guerrilla fabril” con franjas cada vez más gruesas de la clase trabajadora.

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Mondelli, el último intento “por las buenas”

“O lo hacemos nosotros por las buenas o lo hacen otros por las malas”, dicen que decía Emilio Mondelli. Sexto ministro de Economía de Isabel, reemplazó luego del fracasado cogobierno de Isabel y la CGT que siguió a la derrota del rodrigazo, a Antonio Cafiero. Mondelli trataba de convencer a los burócratas sindicales para que apoyaran su plan económico que, en esencia, representaba una reedición del Plan Rodrigo. Los dirigentes sindicales sabían perfectamente que chocaría contra la oposición del activismo combativo y de las bases obreras.

Mientras tanto las apelaciones a la salida golpista se volvían cada vez más frecuentes. Apenas asumido Mondelli las patronales nucleadas en APEGE, una entidad hegemonizada por José Martínez de Hoz, lanzaron un lock- out patronal que se cumplió el 16 de febrero. Reclamaban “la rectificación total de la filosofía política, económica y social que ha llevado a nuestra Argentina al borde del caos”[4] Entre otros sectores, APEGE convocaba a adherir al lock- out “a las Fuerzas Armadas y de Seguridad que se desangran combatiendo contra la subversión apátrida”.

Por aquellos días la revista Mercado publicaba quelas FFAA “… si bien no consideraban cumplidas todas las instancias político- institucionales para salvar al régimen constitucional, también tienen el ánimo templado para asumir responsabilidades mayores en la República, responsabilidades no buscadas ni deseadas, pero que acaso sean ineludibles”[5].

El 1° de marzo la misión del FMI que se hallaba en el país enviaba a Washington un Memorandum en que afirmaba que, si bien Mondelli estaba absolutamente alineado con la política promovida por el organismo, carecía sin embargo de respaldo político: “Los militares, mientras tanto, están permitiendo que la situación se continúe deteriorando, sin embargo, hay rumores diarios de que actuarán pronto”[6].

Todo el arco patronal, al igual que el imperialismo, estimulaban abiertamente y sin tapujos el clima golpista que entendían su única garantía para imponer la reestructuración en sus térrminos del capitalismo argentino.

El 5 de marzo Mondelli anunció su plan: aumento salarial del 12%, devaluación de entre un 30 % y un 80 % del peso (según el rubro con un tipo de cambio desdoblado), aumento de alrededor del 80% de los combustibles y tarifas de servicios públicos, flexibilización de la ley de inversiones extranjeras, privatización de empresas del estado, reducción del gasto público y del plantel de empleados estatales (800 mil en 3 años).

En el diario La Opinión se señalaba irónicamente, ante el rumor desmentido por el ministro de que el plan había sido informado al FMI antes que al país que “…si lo hubiera redactado directamente el staff del FMI, no sería demasiado diferente”[7]

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Como un año atrás, el mecanismo de la rebelión obrera se puso en marcha inmediatamente. Se produjeron paros en Deutz de Haedo, Crhysler de San Justo, General Motors en San Martin, Mercedes Benz de Gonzalez Catán, Propulsora en Ensenada, Perkins y Grandes Motores Diesel en Córdoba, Fiat  de Sauce Viejo en Santa Fe[8]. Se reúnen las regionales de la CGT de Morón, Córdoba, La Plata, Mendoza y Salta, reclamando paro y movilización de la CGT Nacional.

El 11, el sector combativo de los sindicatos cordobeses organizado en la Mesa de gremios en lucha convoca a paro y abandono de tareas. Un día antes, en la CGT, Isabel había defendido el plan económico, se había autodefinido como “la mujer del látigo” y, contradictoriamente, había pedido a los dirigentes cegestistas “no me lo silben mucho al pobre Mondelli”…

Mondelli y la burocracia cegetista negociaron con el fin de contener el descontento obrero extender el aumento a un 20 %[9]. Esto que apenas representaba un cambio ínfimo en el programa fue sin embargo interpretado por las patronales como una comprobación de que el gobierno debía continuar cediendo a la presión sindical, reflejo deformado de la rebelión obrera a la que la burocracia ya no parecía poder contener. Y efectivamente, las concesiones no aquietaron en absoluto la protesta obrera.

En la semana del 12 al 16 se suceden paros de seccionales de la UOM del Gran Buenos Aires (Morón, La Matanza, San Martín, Vicente López)), SMATA y UOM de Santa Fe y Córdoba, la CGT de La Plata. La Coordinadora de La Plata, Berisso y Ensenada llama a asambleas en los lugares de trabajo. Según La Razón, se producían “…actitudes sindicales de franca rebeldía, no sólo a través de paros, marchas y protestas, sino de documentos de encendido tono. Y el sector donde alcanzaron especial virulencia fue en el cordón industrial del Gran Buenos Aires, con una activa participación de metalúrgicos” [10].

A partir del 16, los diarios ya no informan acerca de conflictos. Sin embargo, apenas dos días antes del golpe, Clarín analizaba la situación de este modo: “La debilidad de la dirigencia gremial quedó evidenciada recientemente cuando dio su apoyo al llamado Plan Mondelli. En el Gran Buenos Aires y en los principales centros industriales del interior del país se efectuaron paros, manifestaciones y asambleas, convocadas, en gran parte, por comisiones de lucha al margen de los dirigentes de los sindicatos”[11]

Era evidente que la dinámica desencadenada por el rechazo obrero al Plan Mondelli conducía hacia una nueva reacción como la que ya se había desatado en ocasión del rodrigazo. Las patronales ya no podían ni estaban dispuestas a soportar otro fracaso. Debilitado además el control de la burocracia sindical sobre el movimiento obrero que les había garantizado desde décadas atrás la contención de la protesta obrera, el panorama que se le presentaba a la clase dominante como posible resultado del despliegue de esa dinámica era el de un abierto desafío a su predominio social.

Fue entonces un doble motivo el que explica el golpe genocida. Por un lado el de imponer por la fuerza la reestructuración económica y social que no se podía imponer “por las buenas”. Por el otro, el de cortar el proceso que podía conducir a la consumación de las potencialidades revolucionarias encerradas en el despliegue de la dinámica obrera rebelde e independiente abierta por el cordobazo. Con ese doble fin es que las FFAA, al servicio de la clase patronal, se lanzaron a sangre y picana sobre “la guerrilla fabril”, el activismo promotor del despliegue de esa dinámica obrera potencialmente revolucionaria.

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50 años

A pesar del salvajismo de la dictadura y de la liquidación del activismo combativo de “la guerrila fabril”, la clase obrera nunca dejó de pelear. En su clásico Oposición obrera a la dictadura[12] Pablo Pozzi reseña en el propio 1976 las huelgas automotrices de julio, agosto y septiembre, portuarios en noviembre,y la gran huelga de los trabajadores de Luz y Fuerza  de noviembre 1976 a marzo 1977 que fueron brutalmente reprimidas con desapariciones[13], detenciones, asesinatos y ocupaciones de fábricas por parte de las Fuerzas Armadas.

En abril de 1979 se produjo el primer paro general, en enero se había producido la primera toma de fabrica bajo la dictadura en Aceros Ohler. Esa modalidad de lucha se extendería durante 1980 con las tomas de Deutz, La Cantábrica, Sevel y Merex. A partir del ‘81 la crisis del plan económico de Martínez de Hoz abre la crisis política que marcaría el destino de la dictadura, sellado por la derrota de Malvinas.

Es cierto que esa oposición obrera impidió a la dictadura alcanzar sus principales objetivos económicos, especialmente el de liquidar las conquistas de la clase trabajadora. Pero sí liquidó al activismo que, en la encrucijada histórica del ‘75- ‘76, podía ser la base de la maduración de una salida en favor de las masas trabajadoras.

Esa ausencia, además, sin dudas, influyó en las condiciones en las que la clase obrera debió librar sus luchas y resistir a todos los ataques posteriores. Y pesa indudablemente sobre el presente en que debe afrontar la lucha contra la reforma esclavista de Milei en la más completa indefensión.

Sin embargo, en la victoriosa lucha de los trabajadores del Garrahan, en las organizaciones piqueteras que combaten el hambre que desintegra a las familias obreras, en las rebeliones docentes que se extienden en el país, en la Fate ocupada por sus obreros conscientes de que no hay pan sin trabajo, hay que buscar las huellas de aquel activismo obrero protagonista indiscutido de la Argentina del cordobazo.

El activismo obrero al que la clase dominante exterminó mediante el golpe genocida pero cuya demonización no pudo en cambio imponer jamás, porque siguen siendo miles los que siguen transitando por el camino abierto hace más de 50 años por aquella heroica “guerrilla fabril.

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*Luis Brunetto es historiador, autor de ¡14250 o paro nacional!: Bases obreras, direcciones sindicales y peronismo en la crisis del rodrigazo.


[1]     Ver Löbbe, Héctor: La guerrilla fabril, RyR, 2006, y mi libro ¡14250 o paro nacional!, Estación Finlandia, 2007..

[2]     En Córdoba, las corrientes combativas dirigían “orgánicamente” prácticamente la mitad del movimiento sindical y había convergido en un “frente único” con las organizaciones sindicales dirigidas por la burocracia, por lo que la dinámica de su agenda de lucha no coincidía estrictamente con la de del resto del país. Ese “frente único” era resultado de la presión de las bases de los sindicatos con dirección burocrática que reclamaban planes de lucha en unidad con los combativos, y no a la inversa.

[3]             El mismo Balbín, según un autor insospechado como Juan Bautista Yofre, pidió a Videla “terminar con esta agonía” en una reunión secreta a principios de febrero del ‘76: Nadie fue, Sudamericana, Buenos Aires, 2006, pág.333.

[4]     La Nación 14-2. 76

[5]             Revista Mercado Nº 337, pág. 3.       

[6]             Citado por Brenta, Noemí: El rol del FMI en el financiamiento externo de la Argentina y su influencia  sobre             la política económica  entre 1956 y 2003, FCEN- UBA, Buenos Aires, 2008, T II, pág.124

[7]             La Opinión, 7-3-76

[8]             La Razón, 9-3-76. A diferencia de lo ocurrido durante las Jornadas de Junio y Julio, donde las primeras huelgas         en respuesta a los anuncios de Rodrigo se producen  en Córdoba el 2 de junio y recién llegan al GBA hacia el 15- 16 (marcha por panamericana de Ford y la Coordinadora de Zona Norte), aquí la protesta empieza en        fábricas importantes del GBA apenas se anuncia el plan Mondelli, .

[9]     Noemí Brenta señala que en un Memorándum del 1° de marzo la misión del FMI que se hallaba en el país           informaba que Mondelli pretendía “limitar los aumentos de salarios al 1ro. de marzo al 19%”, una cifra muy               similar a la que finalmente concedería luego de la “protesta” de la CGT. ¿Ofreció 12% sabiendo que tendría    que ceder, para luego “conceder” el 20% finalmente?: op. cit.  .La Nación, 14- 2- 76

[10]  La Razón “Relevamiento del 12 al 16 de marzo”, 17-3-76.

[11]           Clarín, 22-3-76

[12]        Pozzi, Pablo: Oposición obrera a la dictadura (1976- 82), Contrapunto, Buenos Aires,      1988, e Imago      Mundi, 2006.

[13]        En el caso de la huelga de Luz y Fuerza fue secuestrado y desaparecido su secretario general Oscar Smith.



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