estrategias de una confrontación asimétrica
Resumen
La agresión bélica que los Estados Unidos e Israel desataron contra Irán motiva algunas reflexiones en torno a la estrategia que los norteamericanos se plantean ante los cambios que se presentan en la geopolítica mundial. Desde hace más de una […]
La agresión bélica que los Estados Unidos e Israel desataron contra Irán motiva algunas reflexiones en torno a la estrategia que los norteamericanos se plantean ante los cambios que se presentan en la geopolítica mundial.
Desde hace más de una década los EEUU llevan adelante la Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada con el objetivo de mantener la hegemonía global. La guerra híbrida combina el uso de medios bélicos convencionales con otros irregulares a los que suma herramientas no militares.
Hablamos de una guerra fragmentada porque se desarrolla en distintas partes del mundo utilizando estrategias diferentes en cada lugar. Mientras en la Argentina, desde hace más de una década, se realizan operaciones judiciales, económicas, de inteligencia, comunicacionales y cognitivas; en Ucrania se lleva adelante una guerra proxy, valiéndose de ese país para combatir a Rusia.
En la actual ofensiva contra Irán, luego de años de operaciones comunicacionales, sanciones económicas y el antecedente de la Guerra de los 12 días, predominan los instrumentos bélicos convencionales, en particular los que corresponden a la guerra aérea, bombardeos realizados por aviones, misiles y drones asistidos por los instrumentos tecnológicos más avanzados, en particular la inteligencia artificial.
No cabe la menor duda de que los EEUU tienen un poder de destrucción descomunal que incluye la posibilidad de terminar con la vida humana en el planeta, sin embargo, en las últimas décadas, esa capacidad no lo ha llevado a grandes triunfos militares. Vietnam, Irak y Afganistán son sus fracasos más resonantes. La guerra es un fenómeno complejo donde juegan múltiples factores, no es sólo el presupuesto militar y el desarrollo tecnológico de las fuerzas armadas. Entran en juego la capacidad táctico estratégica, además de múltiples factores económicos, culturales, geográficos y políticos.
No resulta descabellado inferir que Donald Trump se embarcó en esta aventura bélica impulsada por Israel cuando recibió información de la CIA acerca de la reunión del ayatoláh Alí Jameneí con altos mandos militares. Es evidente que el mandatario estadounidense confiaba en la posibilidad de obtener una victoria rápida al descabezar al país, como lo había hecho en enero de este año al secuestrar al presidente venezolano Nicolás Maduro. La realidad demostró que su sueño de un triunfo fulminante no tenía fundamentos. Irán y Venezuela son países muy diferentes. La guerra ya lleva más de tres semanas y no parece acercarse a un desenlace.
Desde el inicio mismo de la Revolución Islámica, en 1979, Irán sufrió la agresión de Estados Unidos que pretendía someter a la nación persa y volver a imponer el dominio estadounidense. El petróleo aparecía y aparece como la motivación más evidente del asedio yanki, pero también había y hay múltiples motivaciones geopolíticas.
Vale recordar que, en el momento en que se desarrolló esa revolución, Irán tenía una extensa frontera con la Unión Soviética, el principal enemigo de EEUU durante la Guerra Fría.
En 1997, ya disuelta la URSS, Zbigniew Brzezinski, uno de los principales estrategas de la geopolítica norteamericana, afirmaba en su libro El gran tablero mundial que “la preponderancia sobre todo el continente eurasiático es la base central de la primacía global”. Eso significaba que se debía evitar la formación de un poder rival capaz de dominar esa región. El texto señalaba como la hipótesis más peligrosa una alianza entre Rusia, China e Irán.

En el presente, las tres naciones integran los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái y buena parte de sus intercambios comerciales se realizan sin recurrir al dólar, pero además, el país persa mantiene fuertes vínculos bilaterales con ambas potencias.
Desde 2025, Irán y Rusia tienen un Tratado de Asociación Estratégica Integral que tiene entre sus ejes mitigar el efecto de las sanciones de los EEUU contra ambas naciones, y la colaboración en áreas de defensa, seguridad, energía, medio ambiente, finanzas y cultura.
En 2021, China e Irán firmaron un acuerdo de Asociación Estratégica Integral por 25 años. China ha invertido cientos de miles de millones de dólares en infraestructura, redes eléctricas, puertos y plantas petroquímicas en el país persa y es su principal comprador de petróleo y minerales. Irán, además, adhirió a la Iniciativa de la Franja y la Ruta impulsada por Beijing.
Con esta ofensiva, EEUU pretende destruir la alianza entre los tres países que cuestionan sus pretensiones de hegemonía, pero sus acciones bélicas se despliegan en un escenario más amplio aún.
En ese sentido, el analista en política internacional Gabriel Merino hace un señalamiento importante. Al observar un mapa que abarca África, Europa y Asia es posible trazar un rombo que tiene como vértices a Ucrania en el norte, Libia en el Oeste, Yemen y el cuerno de África en el sur y Afganistán en el Este.

Este rombo ocupa el centro de Afro-Eurasia y es una zona en disputa con múltiples conflictos bélicos. Es habitual que se piense en las tres áreas por separado, pero en lo geográfico conforman un único continente. Los datos numéricos confirman la observación de Merino, para poner un ejemplo, la distancia entre el sureste de Ucrania y el noroeste de Irán es de unos 1.200 kilómetros. Entre los extremos noroeste y sureste de Irán la distancia es de 2.200 kilómetros.
Irán, por su parte, ha desarrollado una eficaz estrategia defensiva teniendo en cuenta que hace décadas que pende sobre su territorio la amenaza de una invasión estadounidense.
El primer factor es el religioso, que unifica a la mayoría de los iraníes, ya que casi el 90% de la población es musulmana chiita. Trump confiaba en que al asesinar al ayatolá Jameneí se iba a producir una rebelión popular teniendo en cuenta el antecedente de las protestas que tuvieron lugar en ese país en los primeros meses de 2026, pero el ataque estadounidense parece haber consolidado el sentimiento nacional por encima de las diferencias.
No hay improvisación sino planificación. Teherán tiene previsto el mecanismos de sucesión, reemplazo y eventual descentralización de mandos ante el asesinato de líderes y jefes militares.
Desde hace años, Irán, un país con gran capacidad ingenieril e industrial, fabrica armamentos que parecen ser adecuados para compensar la evidente asimetría bélica. En primer lugar, los drones de bajo costo que lanza en enjambres y obligan a sus enemigos estadounidenses e israelíes a agotar sus defensas integradas por carísimos misiles antiaéreos para neutralizarlos. Estos drones ya probaron su eficacia en el conflicto de Ucrania y en la Guerra de los 12 días. Algunos de ellos están construidos con papel endurecido en resina, con hélices de madera y son impulsados por pequeños motores de dos tiempos, de ahí su bajísimo costo.

Los drones se complementan con misiles hipersónicos capaces de transportar ojivas de hasta una tonelada que, por su velocidad, no llegan a ser detectados a tiempo por las defensas enemigas.
Esta capacidad tecnológica es acompañada por la audacia que demuestra al responder a la agresión atacando a las bases militares estadounidenses ubicadas en diversos países de la región, la destrucción de sus radares de largo alcance y el ataque a las bases de datos de Amazon en Emiratos Árabes y Bahréin.
Más allá de lo específico armamentístico, el elemento más eficaz de su estrategia defensiva parece ser el cierre del estrecho de Ormuz, que ha provocado un encarecimiento del petróleo en el mundo y que va a tener un indudable efecto inflacionario en la economía global. Ésta es la herramienta principal que complica la situación política de los EEUU y sus aliados. Vale recordar que Teherán sólo impide el paso de los buques petroleros vinculados a sus enemigos, no los de otros países.
La situación podría empeorar para Occidente. En 2023 los llamados hutíes, del movimiento yemenita Ansar Allah, aliados de Irán, cerraron la ruta del Mar Rojo, que separa a la Península Arábiga de África, al impedir el paso de buques israelíes y norteamericanos por el estrecho de Bab El Mandeb. De esta manera bloquearon la ruta comercial que unía el Mediterráneo con el Índico a través del Canal de Suez. La amenaza de cerrar nuevamente este paso restringiría aún más el comercio del petróleo de la región y multiplicaría el encarecimiento de los combustibles y su impacto en la economía mundial.

La actual estrategia estadounidense no parece conducir a una victoria. Para intentar imponerse sobre Irán los yankis necesitarían involucrar a cientos de miles de efectivos en una invasión terrestre de dudosos resultados. En cuanto a Israel, su objetivo claro es la destrucción de la nación persa a la que ven como un obstáculo para multiplicar su expansión territorial. El gran interrogante es, si en busca de ese objetivo, los israelíes son capaces de utilizar su arsenal atómico. El problema que se les presenta es que ese sea el detonante de un apocalipsis que podría tener entre sus imprevisibles consecuencias la destrucción misma del estado israelí.
Parecería que la única salida a esta situación estaría en que Trump anuncie el final de las acciones proclamando que los EEUU cumplieron sus objetivos en la región, como lo hizo en la Guerra de los 12 Días. De todas maneras, los norteamericanos siempre podrán contar la historia de su rotundo triunfo bélico en las nuevas películas y series que Hollywood produzca.
