Chick Corea, el arquitecto de la fusión que tocó todos los futuros posibles del jazz
Resumen
Si el jazz moderno tuviera un manual de mutaciones, el nombre de Chick Corea aparecería en muchos capítulos. Desde el hard bop eléctrico de fines de los 60 hasta la fusión, el flamenco, el clasicismo contemporáneo o los dúos de […]
Si el jazz moderno tuviera un manual de mutaciones, el nombre de Chick Corea aparecería en muchos capítulos. Desde el hard bop eléctrico de fines de los 60 hasta la fusión, el flamenco, el clasicismo contemporáneo o los dúos de piano más íntimos, su carrera fue una huida constante hacia adelante. No se trató solo de virtuosismo: Corea convirtió la curiosidad en método. Tocaba como si cada disco fuera el primero.
Nacido Armando Anthony Corea en Massachusetts en 1941, creció entre Mozart y Bud Powell, una mezcla que explica buena parte de su ADN musical. A fines de los 60 entró al grupo de Miles Davis en el momento exacto en que el trompetista estaba dinamitando el jazz acústico. Participó en discos bisagra como Filles de Kilimanjaro, In a Silent Way y Bitches Brew. Ahí adoptó el piano eléctrico Fender Rhodes y una manera percusiva de frasear que marcaría a generaciones. Con Miles aprendió que el estudio también podía ser laboratorio.

Corea, el compositor
Su primer gran gesto autoral fue Now He Sings, Now He Sobs (1968), trío acústico con Miroslav Vitous y Roy Haynes: lirismo, velocidad y libertad rítmica en equilibrio perfecto. Pero Corea no se quedó ahí. En 1972 armó Return to Forever, primero con un sonido latino y pastoral —Return to Forever, Light as a Feather, con “Spain” como himno instantáneo— y luego, ya con Al Di Meola, Stanley Clarke y Lenny White, mutó hacia la electricidad total: Hymn of the Seventh Galaxy, Where Have I Known You Before, Romantic Warrior. Jazz-rock con musculatura progresiva, técnica feroz y un groove que podía competir con cualquier banda de estadio.
Mientras otros se repetían, él abría frentes nuevos. El proyecto Circle, con Anthony Braxton y Dave Holland, coqueteó con la improvisación libre. La Elektric Band de los 80 incorporó sintetizadores y una precisión casi quirúrgica. La Akoustic Band devolvió el foco al piano de cola. Sumó duetos memorables con Gary Burton, Herbie Hancock, Béla Fleck o Stefano Bollani, y hasta escribió conciertos para orquesta y piezas de cámara. Su discografía parece la de cinco músicos distintos.

El intérprete
El rasgo común era su toque: líneas angulares, staccato filoso, acordes brillantes y una mano izquierda que funcionaba como motor rítmico. Corea podía sonar infantil y juguetón o densamente matemático, siempre con una claridad melódica que evitaba el virtuosismo vacío. En escena sonreía, hablaba con el público, convertía la complejidad en celebración.
También dejó frases que ayudan a entender su ética. En una entrevista con la revista DownBeat dijo: “La música es un juego serio. Cuando perdés la curiosidad, perdés todo”. Y en declaraciones recogidas por el diario The Guardian, explicó su filosofía creativa: “Mi trabajo es mantenerme en movimiento; cuando me acomodo, sé que tengo que cambiar de dirección”. No eran slogans: su carrera los confirmó disco a disco.

Un explorador
Cuando murió el 9 de febrero de 2021, a los 79 años, por un cáncer poco frecuente diagnosticado poco antes —según informó su familia en un comunicado oficial—, el jazz perdió a uno de sus grandes catalizadores. No solo por lo que tocó, sino por lo que habilitó: la idea de que el género podía absorberlo todo sin perder identidad.
Corea no fue un purista ni un iconoclasta. Fue algo más interesante: un explorador. Y cada vez que suena “Spain” o un solo eléctrico salido de Bitches Brew, queda claro que su mapa todavía está en uso.
