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Amonestaciones y símbolos patrios

Resumen

En el año 1979, cursando mi tercer año secundario en el Colegio Nacional de Vicente López, alcancé el tope de amonestaciones, lo que me dejaba en el limbo de la expulsión. Ya venía acumulando, pero de a módicas cantidades, por […]

Amonestaciones y símbolos patrios


En el año 1979, cursando mi tercer año secundario en el Colegio Nacional de Vicente López, alcancé el tope de amonestaciones, lo que me dejaba en el limbo de la expulsión.

Ya venía acumulando, pero de a módicas cantidades, por lo de siempre: falta de respeto, lo que se decía “contestar”, leer la Pelo y todas cosas así, de pendejo inquieto. Eran años de intolerancia. Pero cuando andaba por las quince, en un recreo, descubrimos que con la melodía de Ana no duerme, esa gran canción de Almendra, se podía entonar el aria de la ópera Aurora, de Panizza, que todos cantábamos para izar la bandera.

Aurora, siempre me trajo problemas, pues durante toda mi primaria repetí “azulunala”, pensando que era una sola palabra que mezclaba el color con el ala, alguna licencia poética, se encriptaba en ese neologismo.

Lo cierto es que en el mencionado recreo entró la preceptora y encontró la oportunidad de ponerme definitivamente en el limbo, así llegué a las 24 amonestaciones: una más y me iba a mirar la gran ciudad con Ana.

El parte de amonestaciones decía, en su sentencia, por “burlarse de los símbolos patrios”. Fin.

Viendo la conmemoración de la Batalla de San Lorenzo, observo que el presidente se burla de todo. Llama “sable corno” al sable corvo, Juan José al Libertador, que era José Francisco de San Martín, dice que la batalla fue hace 123 años, lo cual la ubica en 1903. En ese año, el único hecho heroico fue el rescate de la expedición de Otto Nordenskjöld por la corbeta ARA, Uruguay desde la Antártida.

Pensé en aquellas amonestaciones. También reflexioné sobre cuál será el modo en que se amonesta a un presidente. Este que viola la voluntad de quien detentaba el sable por mandato del Libertador de América, por defensa nacional contra la “libertad de comercio a cañonazos” anglo-francesa. El brigadier general don Juan Manuel de Rosas lo donó en su testamento para que descanse en el Museo Histórico Nacional. Para que el pueblo vea ese símbolo que luchó por nuestra libertad. Pero claro, la batalla cultural implica llevárselo a los granaderos y anular de la memoria y la restitución que había hecho Cristina Fernández. Sacarle al símbolo todos sus significados, alejarlo del pueblo.

Tal vez ese hermoso e hidalgo caballo blanco que se paró frente al palco presidencial, montado por un elegante granadero, haya sido un mensaje del Sargento Juan Bautista Cabral y de quienes dejaron sus vidas en ese campo de gloria.

Lo cierto es que el caballo del granadero, que es como parte de su cuerpo para ese regimiento de casi centauros, se tornó incontrolable y corcoveó hasta arrojar al suelo a su jinete.

La batalla cultural implica un embrutecimiento extremo: que todo suceda y se naturalice, que se pueda decir cualquier cosa, incluso bastardear la historia. Es algo a lo que nos están acostumbrando.

Macri fue un gran aterrador de niños y cabeceador de banderas. Pero esta nueva presencia presidencial va superando no solo la angustia de los patriotas que declararon la independencia; hay que sumarle la profanación de lo sagrado, sin ningún tipo de culpa.



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